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Podéis pasaros por mi otro blog...

martes, 12 de abril de 2011

Cap 3 - La Montaña de Lava (1/4)


¡Hola! Bueno, antes de que leáis el capítulo: ¡Me han dado dos premios!
Sí, es el mismo, pero otorgado por tres personas distintas: Sun Burdock (o Katia Corbett, lo mismo es ^^), Laura Lozano y Divinum Eximia.

Las normas del premio son éstas:

-¿En qué te inspiras para hacer una entrada?
Bueno, en nada en especial, simplemente sigo el curso de la historia como mejor me convenga. A veces ver imágenes o hacer dibujos me ayuda, y escuchar música también.

-Descríbete en cuatro palabras:
Imprevisible, orgullosa, tranquila, mandona.

-Frase favorita:
No podría elegir una. Voy a poner varias:
*El dolor es bueno. Significa que estás vivo.
*Y como el mundo está vacío, llenémoslo de chocolate.
*El valor de un lugar depende del valor de las personas que hay en él.
*La única forma de alcanzar la inmortalidad es morir. Lamentablemente nadie quiere hacerlo, pero todos desean ser inmortales.

-Personas a las que premio:
*Laura Lozano, Divinum Eximia y Sun Burdock, porque aunque hayan sido ellas quienes me han "nominado", se lo merecen del mismo modo.
*Fer, por http://diadecitas.blogspot.com Gracias por hacernos reflexionar de ese modo tan breve y conciso.
*Clary Claire, por http://escueladecombatenovela.blogspot.com , por su fantástica novela (aunque no me haya leído todos los capítulos. ¡Lo siento!) que aunque se parezca sospechosamente a la mía, o al menos al principio (hum... that's suspicious... Nah, es broma, no te estoy llamando plagiadora ni nada) es muy buena :)

Y eso es todo, amigos! (como supongo que no me puedo premiar a mí misma por mi otro blog, pues termino las nominaciones aquí. MUAHAHAHAHAHAHAHAHA!!!!)

Y por fin, el capítulo de hoy/esta semana/este mes/ lo que sea:


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Me desperté con los cantos de los pájaros. Al primer momento no me acordé de lo que había pasado, pero tras unos segundos los recuerdos me invadieron. La Noche Cristalina, la Ciudad de Oro, el Jardín Dorado, las hienas, mi salvador, Daxópolis… Todo se amontonaba en mi mente y me producía dolor de cabeza, que se sumaba al de la espalda y de la pierna. ¿Cuánto habría dormido? Por lo menos un día, reflexioné, ya que, si en ese momento era por la mañana, y me habían llevado a mi sauce una mañana (y era imposible que no durmiera ni unas pocas horas)… Uf, casi no me había dado tiempo a despertarme y ya me estaba montando un lío de mucho cuidado…

Mucho más fuerte que cuando me trasladaron a mi árbol, salí de él. Enseguida el sol me cubrió por completo y pude respirar aire fresco. Enseguida descubrí que mi vestido seguía roto y manchado de sangre, y todavía tenía en la espalda y en la pierna las vendas de hojas y raíces.

—¿Candy? ¡Candy!

Mi madre corrió hacia mí, y debo decir que me abrazó con demasiada fuerza. De milagro no me rompió algún hueso.

—¿Cómo estás? —me preguntó cuando se hubo separado un poco.

—Bien, aunque todavía me duelen las heridas. ¿Cuánto tiempo he dormido?

—Pues un día entero —respondió mi madre.

—Vaya…

—¿Qué pasó? Tus amigas no me han aclarado nada.

—Fuimos a la Ciudad de Oro —me avergoncé—. Cuando íbamos a irnos, comenzó a haber una niebla tan densa que no veíamos ni nuestras propias manos. Nos quedamos allí unos minutos, pero vi unos ojos, y Damoc dijo que era una hiena —a mi madre le recorrió un escalofrío por la espalda—. Huimos, pero a mí me alcanzó una de ellas.

—¿Había más de una?

—Eso creo. Una de ellas me mordió la espalda, y otra la pierna. Después, alguien me salvó, y me trajo aquí… no me acuerdo de mucho más.

—Creo que te trajo un pyro, uno de los amigos de Nevolly.

—Ah, puede ser —evidentemente, quien me había salvado era un pyro. Tenía la piel demasiado cálida para ser un hydro u otra criatura. ¿Quién habría sido…?

—Estaría bien que fueras a visitar a tus amigas, están preocupadas por ti.

—Vale…

—Pero antes —me cortó—, pídele a tu árbol hojas y unas raíces, y hazte el vendaje de nuevo. Ya llevas un día entero con él. ¿Quieres que te ayude?

—No, gracias, puedo yo sola. Hasta luego.

Al cabo de un rato iba hacia el árbol de Friné, con el nuevo vendaje puesto y un nuevo vestido que me había dado mi madre. Supuse que mi amiga estaba allí, pero la única que rondaba en su claro era su madre.

—Hola, Candy, cariño. ¿Cómo estás? ¿Te has recuperado?

—Sí, ahora estoy bien, gracias. ¿Dónde está Friné? No está en su árbol ¿verdad?

—No, se ha ido con las demás al Lago Profundo. Supongo que estarán allí los hydros…

—Sí, eso creo yo. Bueno, me voy a buscarla, gracias.

—De nada, Candy. Que te recuperes.

—Gracias, adiós.

Volví sobre mis pasos durante unos minutos, y después cogí un sendero que había a mi izquierda, un atajo para llegar al Lago cuanto antes. La verdad es que me dolía bastante la espalda al andar, pero no tanto como la pierna, que me molestaba a cada paso. Aún así, llegué sin dificultad al Lago Profundo. Allí estaban todos los hydros, mis amigas las náyades, las alseides, y Friné. Me acerqué silenciosamente; Friné fue la primera en verme.

—¡Ey! —me saludó, corriendo hacia mí. Enseguida me dio un abrazo, aunque la frené un poco para que no me estrujara demasiado.

Una a una, todas mis amigas se acercaron a mí y me abrazaron también. También los hydros se acercaron, y aunque la gran mayoría también me abrazó, no fueron tan efusivos. Después, todos nos sentamos en la orilla del lago y formamos un círculo.

—¿Cómo estás? —me preguntó Dravis.

—Muy bien, gracias.

—Cuéntanoslo —pidió—. ¿Cómo fue? Tus amigas y Damoc nos han contado lo que ocurrió, pero tú lo viviste de primera mano.

Suspiré, y comencé a contarlo. Eran muy buen público; no me interrumpieron ni una sola vez. Contuvieron la respiración en el momento exacto, se taparon la boca en el instante apropiado. Cuando terminé, no hablaron durante unos segundos.

—¿Te duele? —preguntó Cira al fin.

—Un poco, no tanto como antes.

—¿Fue a por ti directamente? —inquirió uno de los hydros—. ¿O te atacó porque te caíste?

—No lo sé. ¿Por qué iba a ir a por mí?

—Ah, no sé como lo haces, pero tú siempre tienes la culpa de todo —declaró Friné.

Yo le di un codazo.

—Esto es serio —dijo Abby—. Pero la hiena no estaría buscando a Candy, ¿no?

—¿Has hecho algo que las ha podido ofender? —preguntó Damoc.

—Que yo sepa, no —contesté.

—No tiene por qué haber una razón —intervino Nevolly—. Mataron al compañero de Verline, Perold. Y él no les había hecho nada a las hienas.

Hubo un momento de silencio.

—Cambiemos de tema —dijo Dravis rápidamente—. ¿Sabéis que he aprendido un nuevo truco?

—A ver, sorpréndenos —le apoyé, aunque no sabía por qué estábamos haciendo aquello.

Dravis alzó la mano derecha hacia el lago. Lentamente, comenzó a cerrar los dedos, y una esfera de agua salió desde el fondo del lago para posarse a unos centímetros de la superficie. Dravis, haciendo giros de muñeca, hizo girar la esfera. De pronto, abrió los dedos de nuevo, y la esfera de agua se convirtió en un montón de flechas que vinieron hacia nosotros con rapidez. En un acto reflejo, todos (excepto Dravis) nos tapamos la cara con las manos, aunque no sirvió de mucho. Acabamos empapados.

—¡Ya te vale! —le dije, mirando mi pierna derecha. Las raíces se habían reblandecido con el agua y las hojas se escurrían entre ellas poco a poco. Al final, mi herida quedó al descubierto—. Me has estropeado el vendaje, Dravis.

—Ay, lo siento —me pidió disculpas—. No había caído en lo de tu venda. Vaya, eso tiene mala pinta —constató, observando con repugnancia mi herida.

A decir verdad, sí que era un poco horripilante; había dos tajos paralelos a lo largo de mi pierna, rodeados de rasguños y moraduras. Los tajos se habían secado, pero unas manchitas negras, diminutas, se esparcían por encima. No había probado a frotar para limpiármelas, pero estaba segura de que no se irían.

—Lo sé, aunque no duele tanto como parece —declaré.

—Buf, eso espero —respondió Dravis.

—Oye, ¿cuándo es la Fiesta de las Flores? —preguntó Friné.

—La próxima tri-luna llena —respondió Cira.

—Dentro de dos semanas —aclaró Lara, al ver la cara de confusión de todos.

—Ah —suspiró Dravis.

—¿Vais a venir? —preguntó Cira.

—Sí, yo sí —respondí con prontitud.

—Yo también —contestó Friné.

—Nosotras iremos —respondieron Vale y Nevolly a coro.

—¿Y vosotros? —les preguntó Lara a los hydros.

—Tal vez —dijo Damoc—. ¿Es en Hesperinda?

—Sí, en nuestro valle —contestó Cira—. Empieza por la mañana, comemos todos juntos, por la tarde vamos a buscar flores, después es cuando decoramos todo. Cenamos, y entonces es cuando empieza la fiesta.

—Ah, si hay fiesta por la noche, voy —declaró Dravis.

—Si, yo también —añadió Möhl, otro hydro.

—Bueno pues me apunto —respondió Damoc.

—Bien —celebró Lara—. Venid todos.

—Lo haremos —contestó Dravis.

—Vale, yo me voy ya, a cambiarme el vendaje —le fulminé con la mirada a Dravis mientras me levantaba. Él se sonrojó.

—Lo siento. ¿Quieres que te acompañe?

—Tranquilo, puedo ir sola.

—Yo sí te acompaño —declaró Friné, levantándose—. Tengo que irme ya, mis padres me estarán esperando para comer.

—Vale, muchas gracias —le contesté—. Bueno chicos, hasta esta tarde. Estaréis aquí, ¿no?

—Sí, por supuesto.

—Hasta luego.

—Adiós…

Friné y yo nos fuimos por el sendero, de vez en cuando ella me miraba de reojo. Al final, soltó:

—¿Qué ha pasado con Damoc?

Suspiré.

—Dijo —comencé, andando con dificultad— que habría ido conmigo si no se hubiera comprometido con Lara.

—Pero eso no tiene sentido —interrumpió Friné, dándome la mano para que yo pudiera andar con más facilidad—. ¿No fue él quien se lo pidió a ella? Si es así, te ha mentido. Porque Lara no te habrá mentido, ¿no?

—No, claro que no. Lara es mi amiga desde siempre. Conozco a Damoc tan sólo desde hace tres años. No me fío de él tanto como de ella.

—Oh, el amor se ha enfriado —suspiró Friné.

—No digas bobadas, el amor nunca ha estado caliente —contesté—. Pero en fin. Qué se le va a hacer. Bueno, ¿y qué tal va lo tuyo con Nicanor? ¿Qué pasó en la Noche Cristalina?

Suspiró.

—Nada. De momento sólo somos amigos.

—Vaya, lo siento… él se lo pierde.

—Pues sí —contestó ella.

Las dos llegamos a mi árbol y después ella se fue a su claro para comer con su familia. Yo me cambié el vendaje, me reuní con mis padres y mi hermana, y comí con ellos. Luego volví al Lago profundo, aunque allí tan sólo estaba Dravis.

—Hola —le saludé, mientras cojeaba hacia él—. ¿Dónde están los demás?

—Se han ido al Mar Azul, a mí me ha tocado quedarme aquí para esperarte.

—Vaya, lo siento. ¿Vamos?

—Sí.

Los dos volvimos por el sendero que yo acababa de recorrer, y cruzando el bosque, nos encaminamos hacia el Mar. Dravis terminó por cogerme del brazo como había hecho antes Friné, porque en varias ocasiones estuve a punto de caerme.

—¿Por qué —comencé— antes, cuando estábamos en el lago, cambiaste de tema cuando Nevolly dijo que Perold no le había hecho nada a las hienas?

—¿No lo sabes…? —preguntó él, deteniéndose y mirándome a los ojos.

—Si lo supiera no preguntaría, ¿sabes?

—Cambié de tema, porque Perold… bueno, no fue exactamente él, pero…

—¿Y bien…?

Dravis suspiró antes de contestarme. Echó de nuevo a andar, arrastrándome con él. Cuando me adapté a su paso, él, sin mirarme, respondió:

—El padre de Perold fue el primero en desterrar a las hienas a la Isla Flama.

domingo, 3 de abril de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (5/5)

Y reemprendimos la marcha. Lo curioso fue que permanecimos en silencio en cuanto traspasamos el arco del castillo, así que me dio tiempo a pensar. Pensar era uno de mis pasatiempos favoritos, aunque Abby decía que “Está en una de las tres lunas”. La verdad era que, según mis cálculos, tenía que amanecer en breves. Pero la noche seguía igual de oscura, y una densa niebla cubrió todo cuando llegamos a la fuente de la entrada de la Ciudad.

—Quietas, no os mováis —indicó Damoc. La niebla era tan densa que no veía ni mis propias manos—. Agarraos de las manos como podáis y no os soltéis. Esperaremos a que se pase.

Agarré las dos primeras manos que encontré, que por el olor floral creo que eran de Lara y Cira. Esperamos allí minutos, no sé cuántos, hasta que se me ocurrió mirar detrás de mí. Y lo que descubrí me asustó.

Unos ojos brillantes destacaban en medio de la niebla, y me observaban con detenimiento y deseo. Sólo había visto unos ojos así una vez en la vida, y la verdad es que ya sabía qué era lo que me estaba mirando.

—Damoc —es el primer nombre que me salió de la boca. No me preguntéis por qué, porque ni yo misma lo sé—, hay algo ahí, mirándome.

Damoc observó los ojos, y tras un segundo en el que se paralizó, musitó:

—Una hiena…

Eso fue un terrible error. Mis amigas gritaron, espantadas, al oír ese nombre en boca de Damoc. Corrieron hacia la dirección en que (suponían) estaba la salida, huyendo, despavoridas. Damoc y yo las seguimos, sabiendo que la hiena no se iba a quedar allí parada. Corrí como nunca hacia la dirección en que había visto desaparecer a Damoc (él iba delante de mí), y conseguí cruzar la puerta de oro sin chocarme con el muro. Fuera de la Ciudad ya no había niebla, así que, guiada por la luz de la luna, avancé con velocidad (lo que a mi me pareció) supersónica; aún así, llegué al puente la última. Algunas ya estaban al final y les faltaban unos pasos para llegar al otro barranco, otras iban por la mitad. Pero todos me llevaban ya un trecho. Así que corrí, corrí, y no paré de correr, pero pronto mis peores temores se cumplieron. Oí unos pasos detrás de mí, y enseguida sentí que me tiraban al suelo. Caí bocabajo, y cerré los ojos, asustada. De súbito, unos dientes se clavaron en lo alto de mi espalda, rasgaron el vestido hasta llegar a mi carne, y presionaron tanto que comenzó a brotar sangre; se me tiñó el vestido de rojo. Grité de dolor, era como si se te clavaran cuchillos afilados en el cuerpo y apretaran hasta llegar al otro lado… Al momento comprendí que la hiena no estaba sola, pues además de la herida en la espalda, sentí un desgarrón en la pierna que me hizo gritar más. No me podía mover, no podía hacer nada. A lo lejos oía los gritos de mis amigas y de Damoc. Creí que iba a morir allí… Pero, de pronto, los dientes dejaron de morderme y el peso que me oprimía la espalda desapareció, seguido por un fuerte olor a quemado y un quejido. Después; nada… un chapoteo.

No abrí los ojos, estaba demasiado débil para eso. Unos segundos después, unos brazos fuertes y agradablemente calientes me cogieron, todavía bocabajo, y quien fuera que me llevaba, comenzó a andar. Supe que ya estaba a salvo porque mis amigas dejaron de gritar. Sentí una caricia en la espalda, pero no supe quién había sido. Ni siquiera sabía quién me llevaba…

La persona que me portaba comenzó a correr, pero me sujetó de tal manera que no me bamboleara de un lado a otro. Las heridas me dolían, pero por lo menos los dientes de las hienas ya no escarbaban en mi carne y aquellos brazos cálidos me protegían de la noche, que ya se acababa. Estaba un poco mareada, así que no me atreví a abrir los ojos. Esperaba que todas mis amigas estuvieran bien, y que a mi salvador tampoco le hubiera pasado nada… Y aunque seguía cabreada con Damoc, tampoco quería que él resultara herido.

Enseguida comprendí que los pyros y los hydros seguramente seguirían en el Jardín Dorado, probablemente ajenos al peligro que podrían haber corrido. Eso, si no lo habían corrido ya. ¿Y si les han herido también a ellos…? ¿A quién habrán matado? ¿A Cupo? ¿A Río, a Tesio? ¿… a Enthoven…? Borré esos pensamientos de mi mente sacudiendo la cabeza, lo que, por otro lado, no fue muy buena idea, ya que no hice más que conseguir que el dolor de mis heridas se multiplicara, una lágrima se deslizó por mi mejilla derecha y cayó al brazo del chico que me llevaba. Me mantuve lo más quieta posible, para facilitarle el trabajo a mi salvador y para evitar hacerme todavía más daño aún. Ojalá hubiera hecho caso a mi madre, y no hubiera ido a la Ciudad de Oro… pero, en fin, no había vuelta atrás. No servía de nada lamentarse por las cosas pasadas… aunque el dolor seguía en el presente, ya lo creo que sí. Y apostaba a que me iba a seguir doliendo en el futuro, un futuro muy cercano, a decir verdad.

No sé cuánto tiempo estuvo el chico corriendo, aunque me acuerdo de que pensé que pronto se iba a cansar de llevarme. Pero él no se paró, y estuvimos un rato más avanzando. Ni siquiera sabía adónde me llevaba… mas pronto comencé a oír risas y música, así que supuse que nuestro destino era Daxópolis. Bien, así alguien me podría curar. Lo único que quería en ese momento era estar tumbada en algún sitio blandito o encerrada en mi árbol. Lo mismo me daba. Y también necesitaba saber que todos estaban bien. No me quedaría tranquila hasta saberlo.

El sonido fue aumentando; estábamos más cerca. Por lo visto aún no había amanecido, de otro modo, la música ya habría acabado. La Noche Cristalina terminaba con la salida del sol.

Me atreví a abrir los ojos. Descubrí con estupefacción que no me mareaba al mirar al suelo que parecía en continuo movimiento. Estaba amaneciendo ya, la música comenzaba a pararse y las risas disminuían. Ya sólo se escuchaban voces hablando y charlando. Me giré un poco hacia mi derecha para ver dónde estábamos ya, y cual fue mi sorpresa al ver que estábamos justo en el centro de Daxópolis.

—¡Por favor, ayuda! ¡La han atacado las hienas! —rogó una voz, la voz del chico que me llevaba. No llegué a acertar cuál era…

Enseguida todo el mundo se calló, pero vinieron a mi encuentro varias dríades, un hydro, dos centauros y un pyro. Uno de los centauros comenzó a indicar lo que tenían que hacer.

—Bañadle las heridas para que no se infecten.

Uno de los hydros se arrodilló junto a mí, y con un movimiento de su mano derecha, burbujas de agua comenzaron a salir del lago y se acercaron volando hacia mí. El hydro hizo que se me posaran en la espalda, mientras su compañero me bañaba la herida de la pierna. Cuando acabaron, el centauro volvió a dar órdenes.

—Venza —le indicó a una de las dríades. Ésta se adelantó—. Pídele permiso a tu Saúco para coger unas cuantas hojas. Después, pónselas en la espalda y en la pierna.

Y la dríade llamada Venza así lo hizo. Tardó un poco en volver con las hojas, pero me las puso en la espalda y en la pierna inmediatamente. Al instante sentí un alivio tremendo, aunque seguía doliendo bastante.

—Deba —le indicó el centauro a la otra dríade—, pídele a tu haya cortarle algunas raíces y tráelas cuanto antes.

Deba así lo hizo, y tardó en volver menos que Venza. Cuando estuvo junto a mí, se las tendió a los centauros. Uno de ellos (el que no había hablado) las cogió y se acercó a mí.

—Espere —intervino la voz de Lara—. Deje que lo haga yo.

No oí ninguna contestación, pero supuse que le habrían dejado, de lo contrario, mi amiga habría protestado. Cerré los ojos cuando sus manos cálidas me tocaron la espalda y me retiraron un poco la tela del vestido. Me rodeó el torso con las largas raíces, atando las hojas, que se habían convertido en mi venda. Volvió a taparme la espalda con el vestido, y ató entonces las hojas que estaban sobre la herida de mi pierna. Cuando quedaron bien sujetas, abrí los ojos de nuevo, y aunque no contemplaba más que la hierba que había delante de mí y un par de pies a unos metros que no supe identificar, no los cerré de nuevo.

—Venga, dispersaos —intervino Damoc. Por lo visto había mucha gente allí—. No hay nada que ver, fuera, fuera.

Creo que la multitud le hizo caso, porque oí susurros que se alejaban y pasos a distancia.

—Llevadla a su árbol —indicó finalmente el centauro—. Allí descansará.

Los brazos cálidos y fuertes de antes me cogieron de nuevo, y esa vez tampoco vi quién me transportaba. Sólo vi a mis amigas, que me acompañaban también. Ellas le indicaron a mi salvador la situación exacta de mi sauce. Cerré los ojos.

—Podríamos hacer que viajara a su sauce desde uno de estos árboles —indicó Friné—. El problema es que no sé si llegaría. Tal vez esté demasiado débil.

Yo quería replicar, pero tenía tan pocas fuerzas que no llegué ni a soltar una sola palabra. Así que me callé y me dispuse a dormirme en aquellos brazos tan confortables, cuando sentí que me ponían de pie, aunque me seguían sujetando la cintura.

—Cand, ¿me oyes? —preguntó Cira—. Si es así, entra en tu sauce, por favor. Estarás más cómoda. Nosotras no podemos ayudarte en esto.

Lo intenté. Me mantuve en pie gracias a las cálidas manos que me sujetaban, pero traté de alzar los brazos para hacer más fácil la entrada a mi hogar. Conseguí levantar tan sólo uno, pero en fin, ya era algo. Rocé el rugoso tronco con las yemas de los dedos, y comencé a unir mi cuerpo con el de mi sauce llorón. Ya estaba la mitad de mi cuerpo dentro, seguía fuera mi torso y mi cabeza.

—¿Quién eres? —conseguí musitar con voz suave, preguntándole a mi salvador. Pero el árbol tiraba de mí, y antes de obtener una respuesta, me hundí en el sauce, descansando por fin.

jueves, 31 de marzo de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (4/5)

—Encantada —dije yo.

—Lo mismo digo —corroboró Lara.

—Nosotros también —respondieron los chicos.

Cuando hubimos saludado a todo el mundo, nos sentamos en el suelo de oro, en círculo. Nevolly, cómo no, se colocó justo al lado de Verline, y a poquísima distancia, además, aunque claro, eso no era de mi incumbencia. Vale, que ya había notado mi estudiada mirada a Enthoven, se las arregló para ponerme a su lado, y ella se acercó tanto a mí que para no estar pegadas me tuve que colocar casi tan cerca de Enthoven como Nevolly de Verline.

Los pyros nos hicieron varias preguntas a las chicas, aunque creo que fue más por diversión que por interés.

—Tú eres una dríade, ¿verdad? —me preguntó Cupo cuando me llegó el turno.

—Sí —asentí con la cabeza.

—¿En qué árbol vives? ¿Un haya? ¿Un cerezo? ¿Tal vez en una higuera?

—No, en un sauce llorón.

—Vaya —se sorprendió—. No tienes pinta de sauce llorón.

—¿Y de qué tengo pinta? —dije riéndome, en medio de las carcajadas de mis amigas.

—No sé, pero de sauce llorón, te aseguro que no. Pareces más… un pino, o algo así.

—¿Y eso por qué?

—Mi madre era una dríade. Yo presto atención a las cosas, aunque a mi madre no se lo haga creer así —rió—. Ella también era rubia, y tenía los ojos verdes, y era delgada como tú.

—… y vivía en un pino —completé.

—Exacto. ¿Sabes hacer magia?

—Un poco —dudé. Sólo empleaba la magia cuando realmente la necesitaba—. Controlo los árboles y las plantas.

—Nos podrías enseñar algo —dijo Enthoven. Y si yo había mostrado o había querido mostrar cualquier signo de negativa, ésta se disolvió instantáneamente.

Tras un suspiro, puse mi espalda recta, alcé mi mano derecha y abrí los dedos lo máximo que pude, orientando la palma hacia el árbol de oro más cercano, que era unos dos metros por delante de mí. Concéntrate, me dije. Recuerdo las clases que me había dado mi madre. Incluso podía recordar sus palabras… Alza la mano. Si necesitas mucho poder, hazlo con las dos. Visualiza en tu mente el árbol que quieras cambiar. Cuando seas capaz de ver el árbol incluso cuando cierres los ojos, visualiza la imagen retocada a tu gusto, creando lo que quieres que pase. Extiende la magia por la palma de tus manos, y lánzala con todas tus fuerzas hacia el árbol… Vi el árbol de mi mente con las ramas creciendo, y de ellas, hojas que brotaban en segundos. Incluso el tronco se movió un poco. Lo apliqué a lo práctico. Ya en el árbol real, hice que floreciera, que frutos tempranos aparecieran en sus ramas, y extendiendo lo máximo que pude una de ellas, conseguí tener uno de los frutos en la palma de mi mano.

—¿A que mola? —pregunté despreocupadamente, mientras le daba un mordisco a la manzana dorada.

—Fantástico —contestó Cupo con asombro—. Bueno, pasemos a otra persona… ¿Nevolly?

—Dime —dijo ésta, cruzando las piernas y alisándose el vestido plateado.

—Tú eres una náyade —afirmó.

—Muy listo…

—Gracias —respondió el otro, sacando pecho.

—… pero sé que Verline te lo dijo.

Cupo se giró hacia el aludido con una expresión extraña; una mezcla de confusión, asombro e incredulidad. El orgullo se le desinfló.

—¿Es que no te puedes callar?

—Qué quieres, hombre —dijo Verline, pasándole un brazo por los hombros a Nevolly. Ésta enrojeció, y se acurrucó contra él con una sonrisa mientras Vale le daba codazos a Cira y ésta última le hacía señas a Nevolly.

—Agh, los secretos ya no son lo que eran… —se lamentó Cupo mientras todos reían.

—¿Tú qué magia puedes hacer? —le pregunté, muerta de curiosidad—. Si tu madre era dríade y tu padre un pyro…

—Puedo hacer algo que nunca haría… —contestó, examinando sus manos.

—¿El qué?

—Utilizar el fuego… contra los árboles.

—¿Y lo has probado alguna vez? —pregunté tras unos segundos.

—De pequeño quemaba hierbajos y ramas y hojas secas. Teniendo la madre que tengo, nunca me atrevería a quemar un árbol. Son vidas, en realidad.

—Pues tienes razón —contesté.

—A ver, quién falta… ¿Lara? —siguió Cupo.

—Dispara.

—¿Tú eres una alseide?

—Sí. Convivo en el valle entre dos montañas con las demás alseides, las napeas, las oréades, y alguna vez, con las potámides.

—¿También sabes hacer magia?

—Sé hacer que florezcan las flores, que crezca una planta, que se cierre el capullo, incluso alguna vez he conseguido que cambien de color durante un rato. Pequeñas cosas, en realidad —resumió.

—¿Nos lo enseñas?

No necesitó preguntarlo, Lara ya estaba apoyando la mano en el suelo. Después de unos segundos, lentamente, levantó la palma de la hierba y una pequeña plantita dorada apareció donde había estado apoyada segundos antes su mano. Fue ascendiendo con la mano, y la plantita crecía al mismo ritmo, sin prisa pero sin pausa. Pronto se convirtió en una planta dorada de unos treinta centímetros, con campanillas de oro que crecían con rapidez.

—Normalmente son moradas —comentó Lara, mientras retiraba la mano de encima de la planta.

—¿Normalmente? —preguntó Río.

—Las alseides, por lo general, pueden crear o modificar plantas y flores de su “tipo” —intervino Cira—. Lara ha dicho que normalmente son moradas porque su flor original son las campanillas violetas. Y las mías, por ejemplo, son fresias amarillas.

—¿Por eso Lara tiene el pelo violeta y tú amarillo? —preguntó Tesio.

—Exacto —respondió Lara.

La verdad es que lo pasamos muy bien allí. Pronto, hydros y pyros se reunieron, y estuvimos todos juntos. Volvieron a hacer preguntas a todos y hubo más demostraciones de magia, una bastante espectacular por parte de Enthoven, por cierto. Estaba convencida de que ya tendría que estar de camino a casa, y así se lo comuniqué a mis amigas y mis nuevos amigos.

—Te acompaño, yo también me voy —dijo Lara.

—Yo tengo que irme ya —anunció Friné—. ¿Te vienes, Abby?

—Sí, voy.

—Pues creo que yo también os acompaño… —dijo Nevolly.

Al final, mis amigas y Damoc fuimos los que nos despedimos de los demás.

—Hasta luego —les dije a los pyros—. Ya nos veremos en el Lago un día de éstos —añadí para los hydros.

—Eh, a nosotros también puedes venir a visitarnos —dijo Tesio, y todos rieron.

—No pienso ir sola hasta la Montaña de Lava —declaré.

—Pues que te acompañen tus amigas. Sí, veníos todas algún día —dijo Río.

—Vale, iremos algún día. Adiós a todos.

—¡Hasta luego! —me contestaron a coro.

Y reemprendimos la marcha.

lunes, 21 de marzo de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (3/5)


¡Hola a todos! ^^
Bueno, para empezar, tenía que deciros que ¡ME HAN DADO UN PREMIO! Ha sido Divinium Eximia, una de mis (pocas) lectoras que me aprecia profundamente y... bueno, para qué engañarnos, ha hecho pito pito gorgorito xDDDDDD
Nah, ahora en serio. Eximia tiene un blog llamado Profecía de un Mundo, el cual recomiendo porque aunque no he leído casi nada, lo poco que he mirado es... simplemente sublime :)

Bueno, a lo que iba.
El premio obliga a hacer diversas formas, de forma que allá van.

1.- Poner la imagen. Ya, está justo arriba. Creo.
2.- Compartir 8 cosas sobre ti. Bien, allá voy:
*****Mis ojos son raros: una mezcla de verde, amarillo, marrón, y algo grisáceo.
*****Uno de mis deseos para el futuro es comprar una moto y pertenecer a un club motero.
*****Dibujo bastante bien (o eso dicen), pero los rostros y las manos no se me dan bien.
*****Siempre he querido un hermano mayor, aunque tengo una hermana pequeña.
*****Estoy estudiando japonés, espero empezar algún día el alemán y si tengo tiempo, el chino y el italiano.
*****Escucho casi todo tipo de música, excepto reggaeton (o como diablos se escriba), flamencadas, gitanadas y demás marranadas, y (en general) cosas españolas.
*****Pongo música en casi cualquier situación. Si estoy leyendo o si estoy haciendo deberes, la música debe ser en inglés o japonés. Si estoy estudiando inglés, debe ser en español (en japonés no, porque sino intento aprender nuevas palabras y no me concentro)
*****AMO el chocolate con leche. Sin embargo, ODIO el negro; es demasiado fuerte para mí. Y el chocolate blanco está bien, pero tengo que controlarme porque sino, como demasiado.
3.-Otorgarle este premio a otros blogs:
*****Sun Burdock, por su adictiva historia que lleva el mismo nombre.
*****Fer, por sus pensamientos dan delicados como el cristal y sin embargo, tan fuertes y sabios como un viejo roble.
*****Laura Lozano, por su bonita historia que tengo que seguir leyendo, y que prometo hacer (LO JURO, DE VERDAD!!)
*****Carlos, por su interesante novela aún recién empezada, pero que seguro que nos depara muchas sorpresas.

Y, bueno, nada más, salvo el capítulo de hoy ^^
Un beso a todos!!!!!!

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Las ocho personas nos acercamos al muro y, tras unos segundos de vacilación, cruzamos la puerta. Dentro nos esperaba un sitio inimaginable. Justo enfrente de nosotros había una fuente dorada de la que brotaba oro líquido. Detrás de la fuente, a unos veinte metros, había dos hileras de árboles que formaban un camino. Lo más curioso era que los árboles eran también dorados; hojas, ramas y tronco. El suelo también era de oro, incluso había hojas doradas en el suelo, como si se hubieran caído de los árboles.

Los nueve avanzamos hasta la fuente, y yo metí los dedos de la mano derecha dentro hasta que toqué el líquido dorado. Realmente parecía agua al tacto. Nadie podría haber adivinado que era oro si no lo veía con sus propios ojos. Me limpié la mano en mi túnica, que quedó manchada por un rastro dorado.

Siguiendo a Nevolly, avanzamos hasta los árboles y comenzamos a pasar por el camino que formaban. Unas cuantas hojas se cayeron de pronto de uno de los árboles, y una de ellas se posó en mi cabeza. Me la quité del pelo, y una vez en mis manos, la observé detenidamente. Era idéntica a una hoja de roble normal, sólo que ésta era dorada. La presioné con dos dedos; la hoja crujió y se resquebrajó. Tiré los restos al suelo, sorprendida. Al fin y al cabo, era todo real…

Todo estaba tan silencioso que nadie se atrevió a hablar. Y eso era muy raro; mis amigas, por lo general, no podían callarse nunca. Lara volvió a colocarse a mi lado y me dio la mano, seguía sintiéndose culpable por lo de Damoc.

Seguimos andando en silencio. Tal vez estuvimos diez minutos andando, o quizás fueron veinte. No lo sé. Pero, al final, llegamos a la verdadera Ciudad de Oro. Era, en realidad, una plaza circular, pero en vez de muros o paredes lisas había edificios. Enfrente de nosotros se encontraba lo que parecía un castillo de oro, con un gran arco en medio que se podía atravesar. Tras fijarme bien me di cuenta de que el castillo no era tan pequeño como yo pensaba, sino que se prolongaba hasta llegar a formar casi un círculo completo. En el centro de la “plaza” había un gran árbol dorado; un sauce llorón.

—Venid —indicó Damoc, rompiendo el silencio.

Comenzó a avanzar hacia el arco. Todos le seguimos

—¿No creéis que está todo demasiado… en calma? —preguntó Friné.

—Se rompe el silencio en el Jardín Dorado —contestó Damoc—. Allí es donde está todo el mundo. Vamos.

Los nueve cruzamos el arco, y ante nosotros apareció un jardín, viva la redundancia, dorado. Había un pequeño lago de oro, y alrededor, hierba (también de oro). Árboles de oro, hojas de oro, plantas de oro, flores de oro… El jardín era extenso, y lo único que no era dorado eran un grupito de pyros y otro de hydros, que charlaban y reían cómodamente.

—Vaya —se asombró Cira, que miraba a nuestra izquierda.

Observé lo que miraba ella, y yo también quedé asombrada. A la izquierda, comenzaba un sendero de hojas doradas, con árboles a los lados. Y a lo lejos, una cascada dorada brillaba como el mismo sol. Realmente era un espectáculo…

—Precioso —terminó Lara.

Enseguida se dispersaron todas. Vale, Cira y Nevolly fueron junto a los pyros; Friné, Lara y Abby junto a los hydros… Damoc se acercó a mí, y yo me crucé de brazos.

—Oye, Cand… —empezó.

—¿Sí?

—Oye, lo siento…

—Oigo, y no, no lo sientas, no has hecho nada malo —contesté, cortante.

—Pero yo te…

—¿Qué? —bufé—. ¿Me rechazaste? Ja, no necesito pareja para la Noche Cristalina —declaré, y me di la vuelta. Ojalá se marchara ya. ¿No se daba cuenta de que me estaba haciendo daño?

—Habría ido contigo si no me hubiera comprometido con Lara —dijo, sorprendiéndome—. Sólo quería que lo supieras.

Él también se dio la vuelta. Yo me crucé de brazos y le miré por encima del hombro. Aquello significaba que podría ser que en realidad sintiera algo por mí… había dicho que habría ido conmigo a la fiesta. ¿Quería decir eso que no estaba enamorado de mi amiga?

—¿Ah, sí? ¿Y piensas seguir haciéndole daño a Lara mucho tiempo más? Es casi mi hermana, deberías saber que si no la quieres yo se lo voy a decir. No quiero que sufra.

—Yo tampoco —finalizó, y se marchó con los hydros. Lara se me acercó.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó, mirando a Damoc.

—Nada importante —respondí al fin, pasándole el brazo por los hombros. No le iba a arruinar la noche. Ya se lo diría más adelante… por su propio bien—. Venga, vamos con las demás. Quiero conocer a Verline, intentaré tener poder de veto para la elección de novio de Nevolly —sonreí—. No creo que me deje, pero se puede intentar.

—Esto no me lo pierdo.

Las dos avanzamos hasta el grupito de los pyros, al que se habían sumado Nevolly, Vale y Cira. Nevolly estaba demasiado ocupada halagando a Verline, así que Vale hizo las presentaciones mientras Cira se reía en silencio.

—Candy, Lara; éstos son Verline —señaló al joven de cabellos rojizos y ojos negros, al que yo había visto hacía unas horas en Daxópolis—, Río —señaló a un chico bajito pero musculoso, de cabellos negros y ojos rojos, pero tan claros que casi parecían rosas—, Cupo —indicó con la cabeza a un joven medianamente alto, musculoso, atractivo, con el pelo rubio y los ojos azules (¿tendrá raíces de dríades…? Tiene la piel rojiza; es un pyro, indudablemente. Pero uno de sus padres no es del elemento del fuego…). Éste sonrió burlonamente y nadie le borró esa expresión en un rato—, Tesio—señaló con el dedo índice a un chico de cabellos como el fuego, ojos del mismo color, complexión atlética, y con unas facciones demasiado cuadradas y angulosas para mi gusto—, y Enthoven —por último señaló al joven que estaba más lejos de mí. Era un poco más alto que yo, tenía el cabello castaño, liso y brillante, con un corte bastante bonito; el pelo le llegaba casi hasta los hombros. Tenía los ojos oscuros como la boca del lobo, pero brillantes como estrellas. Una muda sonrisa pintaba su rostro de facciones finas y suaves en su piel, tan poco rojiza que casi parecía pálida. Bastante musculoso, de cintura para arriba al aire, dejaba ver un torso bien trabajado con todos los abdominales marcados, unos pectorales que no dejaban nada que desear y unos brazos en los que te gustaría encerrarte para el resto de tus días.

—Encantada...

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (2/5)

—Adiós, Cand.

Se marcharon a buscar a las demás, y yo anduve hacia el lago, a ver si encontraba a Lara. De pronto, sentí una mano en el hombro, y me di la vuelta. Allí estaba mi amiga; cabellos violetas, lisos y largos hasta el pecho, figura esbelta, ojos de color lila claro, movimientos gráciles… y un agradable aroma a campanillas.

—¡Lara! —exclamé, y me abalancé sobre ella. Las dos nos abrazamos durante unos segundos, felices. Después, me aparté un poco para verla mejor—. Vaya, estás muy guapa.

Llevaba puesta una túnica blanca de manga larga que le llegaba por los tobillos, con un escote bastante pronunciado en forma de corazón. Sonrió.

—Gracias, tú también.

—¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias. ¿Y tú?

—Nunca he estado mejor.

—¿Tienes pareja? —preguntó con una sonrisa.

—No, pero a juzgar por tu sonrisa… tú sí.

—¡Sí! —exclamó, emocionada—. No sé cómo lo conseguí, pero el caso es que me lo pidió antes de venir y… —no terminó la frase.

—Bueno, yo me voy con las demás, ¿vienes?

—Sí, claro. Pero, espera, voy a buscar a mi chico. ¿Me esperas aquí?

—Claro. No tardes.

—No, ahora vuelvo.

La vi alejarse y perderse entre la multitud, y allí esperé, cruzada de brazos. ¿Con quién habría ido? Seguramente sería alto, musculoso, atractivo… pero cuando Lara llegó acompañada de su pareja, se me cayó el alma a los pies. Y cuando él me vio, también se quedó paralizado. Sí, era muy guapo, y bastante alto y con músculos.

Damoc. En cuanto me vio, la sonrisa se le fue del rostro. Lara lo cogía de la cintura, y él le pasaba el brazo por los hombros. Un escalofrío me recorrió por completo, y en ese momento no supe si reír o llorar. Pero no hice ninguna de las dos cosas, adopté una expresión inmutable y esperé a que llegaran.

—Hola, Damoc —saludé con voz neutral cuando estuvieron frente a mí.

—Hola, Cand —respondió él, medio sorprendido, medio avergonzado.

—Ah, ¿así que ya os conocéis? —preguntó Lara con una sonrisa. Un leve asentimiento de mi cabeza la convenció.

—Bueno, Lara, me voy con las demás —avisé.

—Vamos contigo —contestó Lara.

—Bien —repliqué.

Guié a la pareja hasta el lugar exacto donde se encontraban los pyros, y con ellos, a mis amigas. Aunque no había ni rastro de Friné.

—¡Ah, hola Cand! —me saludó Nevolly, pero después reparó en Lara—. ¡Hola, Lara! ¡Y…! Ah, hola Damoc —saludó, no demasiado convencida, y observó con detenimiento las manos entrelazadas de Lara y Damoc. Me miró con expresión interrogante, pero yo tenía cara de póquer, así que sonrió—. Bueno, ¿queréis que vayamos a buscar algo de comer?

—Oh, sí, tengo mucha hambre —indicó Vale.

De forma que el pequeño grupo nos encaminamos hacia el puesto de comida. Lara y Damoc se adelantaron, felices. Nevolly se colocó junto a mí y me susurró en la oreja:

—¿Y Friné?

—Imagina —contesté, sin mirarla.

—¿Con Nicanor…? —preguntó, aguda. Mi sonrisa le sirvió de respuesta.

Y no hicimos mucho más. Nos hinchamos a frutos dulces de color azul, verde y violeta, volvimos al espectáculo de los hydros (donde secuestramos a Friné), y después regresamos a donde se encontraban los pyros (Nevolly nunca se cansaba de observar a Verline). Después de unas horas, los niños pequeños se fueron a casa junto con algunas madres, y la música comenzó a sonar de extraños instrumentos en manos de varias dríades. Rápidamente nos pusimos en posición, y la multitud comenzó a bailar. Así estuvimos horas…

Y, al final, Lara, Cira, Nevolly, Vale, Friné, Abby, Damoc y yo (en resumen, todos) nos quedamos echados en el suelo, boca arriba, a varios metros del lago, para no estorbar. Juntos formamos un círculo y observamos las estrellas, agotados.

—Ha sido genial —dijo Friné tras un largo rato de silencio.

—Sí, ha estado bien —corroboró Abby.

Nevolly se puso bocabajo de repente, y nos miró con cara pícara. Me di la vuelta yo también.

—¿Qué? —pregunté.

—¿Vamos a la Ciudad de Oro? —preguntó con una sonrisa.

—Por mí, vale —dijo Lara.

—Sí, sí, vamos —nos animó Vale.

—Hala pues, venga —dijo Abby.

Las cuatro se levantaron al tiempo. Segundos después, también lo hicieron Friné y Cira.

—¿Queréis ir a la Ciudad de Oro? —preguntó Damoc, estupefacto.

—Sí, ¿por qué no? Ya tenemos edad.

—Yo fui con un año más que vosotras —contestó el hydro.

—Bueno, pero nosotras nos sabemos desenvolver bien —respondió Lara.

—Como queráis.

Damoc y yo nos levantamos y seguimos a mis amigas, que ya habían comenzado a irse. Tras apretar el paso, las alcanzamos y continuamos andando.

La verdad es que yo no tenía la menor idea de por dónde se iba a la Ciudad de Oro, así que confiaba en que mis amigas lo supieran. De todas, formas, Damoc ya había ido más de una vez (o eso decía él), así que no podíamos perdernos.

Nos alejamos de Daxópolis por el camino contrario al que habíamos venido, y comenzamos a rodear una de las montañas. Lara, de pronto, le soltó la mano a Damoc, me tomó del brazo a mí e hizo que nos rezagáramos un poco.

—¿Qué te pasa? —preguntó, preocupada—. No has dicho nada en toda la noche.

Yo no contesté, seguí andando. Pero no le aparté la mano.

—Vamos, puedes contármelo —me dijo, zarandeándome. Yo no sabía ni por dónde empezar.

—Le pedí a un chico que viniera conmigo —murmuré, al fin. Ella me pasó el brazo por los hombros e hizo que la agarrara de la cintura.

—Lo siento… no te preocupes, el año que viene irás con el que tú quieras.

—No lo entiendes… —dije, sacudiendo la cabeza— Él…

—¿Quién? —preguntó, temiendo la respuesta.

—Damoc —susurré tras unos segundos.

Creo que se paralizó casi tanto como yo cuando descubrí que mi mejor amiga había salido con el chico que me gustaba. Luchaba internamente por decir algo, y al final consiguió soltar una retahíla de palabras.

—Yo… lo siento, Cand, no tenía ni idea…

—No es culpa tuya, no te disculpes.

—Claro que es culpa mía…

—No, tú sólo aceptaste una proposición, lo que hice o dejé de hacer yo no es culpa tuya.

—Jo, si lo hubiera sabido…

—Eh, no te atormentes. Tienes bastante con tus problemas.

No me soltó y fue con Damoc. Se quedó conmigo, porque ella sabía que yo la necesitaba. Ella quería reparar su error, el problema era que Lara no había cometido ninguno. Había sido culpa mía.

Así abrazadas llegamos hasta un barranco. A lo lejos (muy lejos) se veía ligeramente la otra “orilla”. Nos asomamos al borde del barranco, y descubrimos que abajo (muy abajo) había un río que discurría rápidamente. Se podía llegar al barranco de enfrente cruzando un maltrecho puente que, parecía, no iba a aguantar mucho. Estaba compuesto simplemente por varias cuerdas y tablas de madera, pero todos se fiaron.

—Paso yo primero, por si acaso se rompe —dijo Damoc, y cumplió su palabra. A Lara se le escapó un suspiro mal disimulado.

Uno a uno, fueron pasando, y yo me quedé la última. Las tablas crujieron cuando las pisé, pero ninguna se rompió ni resquebrajó. No le tenía miedo a las alturas, pero la verdad es que daba impresión andar encima de la nada, prácticamente. Lo arreglé intentando no mirar abajo. Después de unos minutos que se me hicieron interminables, oí cómo los pasos de los demás dejaban de crujir, y resonaban en la tierra. Tras avanzar unos pasos más por la podrida madera, llegué por fin a tierra firme y miré a mi alrededor. Delante de nosotros había una gran muralla que parecía hecha con losas de piedra, pero era totalmente dorada. Se podía acceder a la muralla por una puerta, también dorada. Ahora entiendo lo de “Ciudad de Oro”…

—Vamos —dijo Nevolly, decidida.

Las ocho personas nos acercamos al muro y, tras unos segundos de vacilación, cruzamos la puerta.

domingo, 13 de febrero de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (1/5)

De forma que ahí estaba yo, con una depresión increíble, pero con mi brillante pelo dorado ondeando detrás de mí, mi andar sigiloso avanzando hacia el olmo de Friné, y mis ojos verdes observando la luna que se alzaba en aquel cielo plagado de estrellas. Haciendo caso a mis irritantes amigas, había avanzado con valor hasta Damoc, y lo llevé aparte para que sus amigos no pudieran escuchar la patética proposición, aunque estaba segura de que luego él iba a contárselo, me respondiera sí o no. Tras mi pregunta, unos segundos de vacilación me confirmaron que no pensaba ir a la Noche Cristalina conmigo. La verdad es que intenté largarme de allí cuanto antes sin darle tiempo a responder y soltando un “olvídalo”, pero él me agarró del brazo y me hizo volver a mi posición inicial. Ya me daba igual lo que dijera, realmente todo estaba siendo muy humillante. Después, él me había dicho que ya se había comprometido con otra persona, así que me pidió perdón, y yo, como no pensaba que tenía que ser él quien se disculpara, pedí perdón también y fui a reunirme de nuevo con mis amigas, depresiva. Y ese estado de ánimo me había llegado hasta el día siguiente.

Con cuidado para no rasgarme la túnica verde sin mangas (que me llegaba un poco más debajo de las rodillas) con la que me cubría, sorteé un par de árboles y busqué con la mirada a Friné. Ah, allí estaba, camuflada con los árboles. Llevaba puesta una tela negra que dejaba al descubierto uno de sus hombros, y tapaba sus piernas hasta las pantorrillas. Se había lavado el pelo a conciencia (bueno, como yo); le brillaba más que nunca y lanzaba destellos verdes a la luz de la luna. En cuanto me vio, corrió hacia mí sin tropezar y sin engancharse con ninguna rama.

—Hola, Cand. ¡Qué guapa!

—Gracias, tú también. ¿Vamos?

—Sí.

Las dos juntas nos encaminamos a Daxópolis, donde se celebraba todos los años la Noche Cristalina. Cuando llegamos, descubrí que casi todo el mundo había llegado ya. Daxópolis era el valle entre dos montañas, y allí siempre acudían todos los seres de LäBrit. Había un gran lago, donde las náyades y demás criaturas de agua se bañaban, y los hydros manipulaban el líquido transparente haciendo figuras en el aire, y rociando a todo aquél que se atreviera a interrumpir. No muy lejos de allí, había una extensión de terreno cubierta por frutos de todas las clases, carne (puaj) y pescado (puaj); custodiada por un pequeño grupo de personas. Y cerca de esas personas, los apuestos pyros hacían trucos con ramas prendidas y llamas que brotaban de la nada. Cómo no, un grupito de chicas jóvenes estaban allí reunidas, observando detenidamente, algunas riendo, a otras cayéndosele la baba. Al mirar más detenidamente, descubrí que Nevolly y Vale estaban allí, observando a un joven de cabellos rojos como el fuego y ojos negros y profundos; que, con movimientos suaves de sus manos, hacía que llamas le brotaran de la punta de los dedos y se extendieran por su torso, lamiendo su cuerpo sin hacerle daño. Si Nevolly miraba tan detenidamente, seguro que ése era Verline. Tras hacerle una seña a Friné, nos acercamos a nuestras amigas. Queriendo no interrumpir a Nevolly, me llevé a Vale unos metros de allí para hablar con ella.

—¡Ah, hola Cand! —me saludó por encima del griterío de la multitud—. ¿Cómo estáis?

—Bien, gracias. ¿Has visto a Abby?

—Eh… no, no la he visto, pero me ha dicho esta mañana que vendría con su familia. Tal vez esté en el lago, ve a mirar si quieres.

—Vale, gracias. ¿Y a Lara y Cira?

—Ah, antes estaban con nosotras, se han ido hace un momento a comer algo.

—Bien, muchas gracias, voy a buscarlas, a las tres. ¿Vienes, Friné? —le pregunté.

—Sí, voy —dijo, ansiosa—. Vamos, venga. Primero vamos a buscar a Abby.

No le pregunté por su reacción, simplemente acepté que mi amiga estaba un poco más loca que de costumbre. Las dos sorteamos a dríades, melíades, alseides, agrónomas, antríades, hespérides, limónides, napeas, oréades, crénides, limnátides, hydros, pyros, centauros, sirenas, hadas, hombres lobo, grifos, fénix, augurey… y al fin llegamos junto al lago. Enseguida comprendí el motivo de que Friné se comportara así; Nicanor estaba haciendo un espectáculo junto con algunos hydros.

—Oye, voy a dar una vuelta, ¿vale? —me preguntó Friné, sin dejar de mirar a Nicanor.

—Vale, ve —contesté, mirando a mi alrededor para ver si alguna de mis amigas estaba por allí—. Si me necesitas estoy por… —pero al girarme de nuevo hacia Friné, ésta ya se había ido. Avanzaba hacia Nicanor con paso tímido.

Suspiré, y me acerqué un poco más al lago al descubrir a Abby dentro junto con algunas náyades y varios hydros. Me arrodillé en la orilla y la llamé.

—¡Abby!

Ella se giró hacia mí y sonrió cuando me reconoció.

—Ah, hola Candy.

—Voy a buscar a Lara y a Cira, ¿vienes?

—Vale, espera un momento.

Se despidió de las náyades y los hydros, y tras salir del lago vino a mi encuentro, toda mojada. Menos mal que no hacía frío…

El primer sitio a donde nos dirigimos fue al puesto de comida, para ver si Lara y Cira seguían allí. Pronto descubrí el pelo color limón de Cira en medio de la multitud. Agarrando a Abby de la mano para no perderla, conseguimos llegar hasta mi amiga. Le puse la mano desocupada en el hombro, y ella se volvió, sobresaltada.

—¡Cand! ¡Abby!

Nos dio un fuerte abrazo; hacía meses que no nos veíamos. No vivía precisamente cerca de LäBrit.

—¿Cómo estás, Cira?

—Muy bien, gracias. ¿Qué contáis?

—Os estábamos buscando, a ti y a Lara.

—Ah, Lara se ha ido hace un momento… en esa dirección —indicó Cira con el dedo índice de la mano derecha. Indicaba hacia el lago.

—Vale, voy a buscarla.

—¿Quieres que te acompañemos? —preguntó Abby.

—No importa, id con Vale y Nevolly, a ver si van a causar algún estrago. Están con los pyros.

—Vaya, no tenía intención de hacer esta noche de niñera, pero… —dijo Abby. Cira rió.

—Bueno, luego voy a buscaros. Hasta ahora.

—Adiós, Cand...