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Podéis pasaros por mi otro blog...

domingo, 13 de febrero de 2011

Cap 2 - La Noche Cristalina (1/5)

De forma que ahí estaba yo, con una depresión increíble, pero con mi brillante pelo dorado ondeando detrás de mí, mi andar sigiloso avanzando hacia el olmo de Friné, y mis ojos verdes observando la luna que se alzaba en aquel cielo plagado de estrellas. Haciendo caso a mis irritantes amigas, había avanzado con valor hasta Damoc, y lo llevé aparte para que sus amigos no pudieran escuchar la patética proposición, aunque estaba segura de que luego él iba a contárselo, me respondiera sí o no. Tras mi pregunta, unos segundos de vacilación me confirmaron que no pensaba ir a la Noche Cristalina conmigo. La verdad es que intenté largarme de allí cuanto antes sin darle tiempo a responder y soltando un “olvídalo”, pero él me agarró del brazo y me hizo volver a mi posición inicial. Ya me daba igual lo que dijera, realmente todo estaba siendo muy humillante. Después, él me había dicho que ya se había comprometido con otra persona, así que me pidió perdón, y yo, como no pensaba que tenía que ser él quien se disculpara, pedí perdón también y fui a reunirme de nuevo con mis amigas, depresiva. Y ese estado de ánimo me había llegado hasta el día siguiente.

Con cuidado para no rasgarme la túnica verde sin mangas (que me llegaba un poco más debajo de las rodillas) con la que me cubría, sorteé un par de árboles y busqué con la mirada a Friné. Ah, allí estaba, camuflada con los árboles. Llevaba puesta una tela negra que dejaba al descubierto uno de sus hombros, y tapaba sus piernas hasta las pantorrillas. Se había lavado el pelo a conciencia (bueno, como yo); le brillaba más que nunca y lanzaba destellos verdes a la luz de la luna. En cuanto me vio, corrió hacia mí sin tropezar y sin engancharse con ninguna rama.

—Hola, Cand. ¡Qué guapa!

—Gracias, tú también. ¿Vamos?

—Sí.

Las dos juntas nos encaminamos a Daxópolis, donde se celebraba todos los años la Noche Cristalina. Cuando llegamos, descubrí que casi todo el mundo había llegado ya. Daxópolis era el valle entre dos montañas, y allí siempre acudían todos los seres de LäBrit. Había un gran lago, donde las náyades y demás criaturas de agua se bañaban, y los hydros manipulaban el líquido transparente haciendo figuras en el aire, y rociando a todo aquél que se atreviera a interrumpir. No muy lejos de allí, había una extensión de terreno cubierta por frutos de todas las clases, carne (puaj) y pescado (puaj); custodiada por un pequeño grupo de personas. Y cerca de esas personas, los apuestos pyros hacían trucos con ramas prendidas y llamas que brotaban de la nada. Cómo no, un grupito de chicas jóvenes estaban allí reunidas, observando detenidamente, algunas riendo, a otras cayéndosele la baba. Al mirar más detenidamente, descubrí que Nevolly y Vale estaban allí, observando a un joven de cabellos rojos como el fuego y ojos negros y profundos; que, con movimientos suaves de sus manos, hacía que llamas le brotaran de la punta de los dedos y se extendieran por su torso, lamiendo su cuerpo sin hacerle daño. Si Nevolly miraba tan detenidamente, seguro que ése era Verline. Tras hacerle una seña a Friné, nos acercamos a nuestras amigas. Queriendo no interrumpir a Nevolly, me llevé a Vale unos metros de allí para hablar con ella.

—¡Ah, hola Cand! —me saludó por encima del griterío de la multitud—. ¿Cómo estáis?

—Bien, gracias. ¿Has visto a Abby?

—Eh… no, no la he visto, pero me ha dicho esta mañana que vendría con su familia. Tal vez esté en el lago, ve a mirar si quieres.

—Vale, gracias. ¿Y a Lara y Cira?

—Ah, antes estaban con nosotras, se han ido hace un momento a comer algo.

—Bien, muchas gracias, voy a buscarlas, a las tres. ¿Vienes, Friné? —le pregunté.

—Sí, voy —dijo, ansiosa—. Vamos, venga. Primero vamos a buscar a Abby.

No le pregunté por su reacción, simplemente acepté que mi amiga estaba un poco más loca que de costumbre. Las dos sorteamos a dríades, melíades, alseides, agrónomas, antríades, hespérides, limónides, napeas, oréades, crénides, limnátides, hydros, pyros, centauros, sirenas, hadas, hombres lobo, grifos, fénix, augurey… y al fin llegamos junto al lago. Enseguida comprendí el motivo de que Friné se comportara así; Nicanor estaba haciendo un espectáculo junto con algunos hydros.

—Oye, voy a dar una vuelta, ¿vale? —me preguntó Friné, sin dejar de mirar a Nicanor.

—Vale, ve —contesté, mirando a mi alrededor para ver si alguna de mis amigas estaba por allí—. Si me necesitas estoy por… —pero al girarme de nuevo hacia Friné, ésta ya se había ido. Avanzaba hacia Nicanor con paso tímido.

Suspiré, y me acerqué un poco más al lago al descubrir a Abby dentro junto con algunas náyades y varios hydros. Me arrodillé en la orilla y la llamé.

—¡Abby!

Ella se giró hacia mí y sonrió cuando me reconoció.

—Ah, hola Candy.

—Voy a buscar a Lara y a Cira, ¿vienes?

—Vale, espera un momento.

Se despidió de las náyades y los hydros, y tras salir del lago vino a mi encuentro, toda mojada. Menos mal que no hacía frío…

El primer sitio a donde nos dirigimos fue al puesto de comida, para ver si Lara y Cira seguían allí. Pronto descubrí el pelo color limón de Cira en medio de la multitud. Agarrando a Abby de la mano para no perderla, conseguimos llegar hasta mi amiga. Le puse la mano desocupada en el hombro, y ella se volvió, sobresaltada.

—¡Cand! ¡Abby!

Nos dio un fuerte abrazo; hacía meses que no nos veíamos. No vivía precisamente cerca de LäBrit.

—¿Cómo estás, Cira?

—Muy bien, gracias. ¿Qué contáis?

—Os estábamos buscando, a ti y a Lara.

—Ah, Lara se ha ido hace un momento… en esa dirección —indicó Cira con el dedo índice de la mano derecha. Indicaba hacia el lago.

—Vale, voy a buscarla.

—¿Quieres que te acompañemos? —preguntó Abby.

—No importa, id con Vale y Nevolly, a ver si van a causar algún estrago. Están con los pyros.

—Vaya, no tenía intención de hacer esta noche de niñera, pero… —dijo Abby. Cira rió.

—Bueno, luego voy a buscaros. Hasta ahora.

—Adiós, Cand...

domingo, 23 de enero de 2011

Cap 1 - Amenaza (3/3)

—No —contesté tras pensarlo unos segundos—. Es más humillante que la derrota.

—Cand, alguien ha venido a verte —me dijo Dravis, mientras se levantaba y cogía un fruto azul de los árboles.

Salí del agua, y mientras me escurría el pelo seguí la dirección de la mirada de Dravis, que observaba el sendero por donde Damoc y yo habíamos llegado. Mi “visita” era una dríade tan alta como yo, de cabello verde oscuro, casi negro, ojos de color ámbar y facciones redondeadas. Era menos delgada que yo o mis amigas, pero mantenía la figura. Una tela verde llena de hojas le cubría la mayor parte del cuerpo, pero dejaba visible sus brazos, que en ese momento formaban ángulos de cuarenta y cinco grados (vamos, que la dríade ponía los brazos en jarras). En resumen, aquella dríade era…

—¿Mamá? —pregunté, sin moverme de mi sitio.

—No, hija, ahora soy una ardilla —ironizó aquella mujer, en ese momento de expresión dura.

—¿Qué pasa?

—Pensaba que estabas con tus amigas, y no ligando con los hydros —dijo, bajando los brazos. Damoc, Dravis, y la mayoría de los hydros, rieron—. Venga, nos vamos.

—¿Ya? —pregunté, desconcertada.

—Hazme caso, jovencita, a ver si te vas a quedar sin Noche Cristalina —me previno mi madre. Yo suspiré.

—Vete ya, jovencita —dijo Dravis en tono burlón, imitando a mi madre —o te quedarás sin Noche Cristalina.

—Tú, cállate. Conozco a tu madre y puedo contarle que has dejado a tu hermano pequeño a cargo de su tía, en vez de cuidarlo tú, como te han encomendado tus progenitores —le contestó mi madre, haciendo callar a todos los hydros que se habían reído.

—Sí, señora —contestó Dravis con docilidad, agachando la cabeza.

—Adiós, chicos —me despedí.

—Adiós, Cand —respondieron ellos.

Avancé hasta mi madre. Las dos juntas anduvimos por el sendero y nos adentramos en el bosque. Por lo general, los árboles de una familia de dríades estaban cercanos unos de otros, pero en algunos casos no era así. Nuestra familia tenía la suerte de encontrarse más o menos cerca, aunque a veces eso no era una ventaja. Yo quería a mis padres, pero no era divertido estar siempre vigilada por ellos…

Mi padre y mi hermana pequeña estaban sentados en un claro. Habían recogido bastantes frutos, los cuales se hallaban apilados en una pequeña montaña que descansaba sobre el suelo. Me senté junto a ellos con mi madre, y comenzamos a comer. Tras debatirme unos segundos en una dura lucha interna, decidí probar suerte.

—¿Podré ir a la Ciudad de Oro después de la Noche Cristalina? —pregunté, como quien no quiere la cosa. Mi madre dejó de comer, y mi padre casi se atraganta.

—¿Que quieres… ir… a la…? —dijo mi padre entrecortadamente.

—A la Ciudad de Oro, sí. Bueno, no me miréis así, tampoco es tan grave —me defendí, mordiendo un fruto rojo—. Todas mis amigas van a ir, y yo no quiero ser la única que se queda en su árbol.

—Me trae sin cuidado lo que hagan las demás, la que me importa eres tú —sentenció mi madre.

—¿Ah, sí? —preguntó mi hermana pequeña—. Pues a mí siempre me dices que seguro que mis amigas se comen los frutos verdes sin protestar. ¿No somos nosotras las que te importamos? —preguntó con sabiduría. Mi madre puso los ojos como platos, pero después se recobró.

—Tú, a comer —le ordenó a mi hermana, y después se dirigió a mí—. Y tú, no vas a ir a la Ciudad de Oro, jovencita. ¿No ha servido de nada la charla que te he dado esta mañana sobre las hienas?

—Sí, para aburrirme —murmuré.

—¿Qué hienas? —se alarmó mi hermana.

—Amina, es hora de que vayas a darte un baño —dijo mi padre—. Ven, te acompaño hasta el Lago.

—¡Pero todavía no he hecho ni la digestión! —protestó ella.

Mi padre la puso en pie sin hacerle ningún caso, y después de cogerla de la mano, los dos se fueron hacia el Lago.

—Candy, no puedes ir a la Ciudad de Oro. ¡Está demasiado cerca de la Montaña de Lava! Y, ¿dónde se ha producido un asesinato de uno de los pyros…?

—En la Montaña de Lava —respondí a regañadientes—. ¡Pero yo quiero ir! No es justo, seré la única que no asista.

—No me importa. Si con quince años vais a la Ciudad de Oro, ¿qué vais a hacer cuando tengáis dieciocho, o veinte? ¿Ir a la Torre Blanca? —se rió de su propio chiste. Pero yo levanté la mirada del suelo, con los ojos brillantes, y no contesté.

—Ni se te ocurra, Candy —me dijo—. Los eolos son peligrosos, no te vas a acercar a ellos.

—Mamá, si se lo propusieran, los pyros también serían peligrosos, ¡y los hydros también! Y las nereidas, y las náyades… todos podemos ser peligrosos si empleamos nuestros poderes.

—Pero los eolos hacen más uso de sus poderes para el mal que para el bien. Y los geos, también.

—¿Papá es peligroso?

—Tu padre es una excepción.

—Todos son iguales.

Mi madre suspiró.

—Ya está, hemos acabado esta conversación.

—Pues vale —contesté, cabreada.

Cogí un último fruto rojo, y después me levanté.

—Me voy con Friné.

—¿Ya?

—No me repliques, jovencita —imité su tono de voz—. A ver si te vas a quedar sin Noche Cristalina.

Mi madre no dijo nada, y yo me alejé del claro y fui de nuevo hacia el Lago Profundo. Sabía que Vale había quedado con Nicanor para presentárselo a Friné, y todas iban a asistir, ninguna se perdería el posible ligue. De forma que anduve por el sendero por el que anteriormente había caminado junto a Damoc. Llegué al lago poco después, y allí estaban las demás. Las chicas formaban un corro, y Nicanor estaba en el centro, con cara de confusión. Creo que no sabía cómo había ido a parar allí. Mis amigas reían tontamente, y Vale empujaba a Friné en la dirección del muchacho. Me dirigí a ellas con los ojos en blanco, cuando alguien me agarró del brazo. Me detuve, miré a mi derecha, y sentí un cosquilleo por todo el cuerpo cuando me di cuenta de que el que me cogía era Damoc.

—¿Qué pasa? —pregunté, sin retirarme.

—¿Puedes decirles a tus amigas que se contengan un poco? —preguntó con el ceño fruncido—. Sé que no todos somos tan apuestos como Nicanor, pero… —me entraron ganas de contradecirle, pero no era ése el momento de una declaración amorosa.

—Tranquilo, ahora voy.

Me solté suavemente de su mano, y seguí mi camino, no sin dejar de sentir aquel cosquilleo por todo el cuerpo. Llegué hasta el corrillo de chicas, e inmediatamente comencé a mandar.

—Venga, dispersaos, vamos, no hay nada que ver.

—Hala, Cand, no nos hagas esto —protestó Vale.

—Sí, que lo estamos pasando muy bien —corroboró Nevolly.

—Venga, fuera —pero ninguna se movió. De forma que me agaché un poco, le tomé de la mano a Nicanor, y haciendo que se levantara, no le di tiempo a nadie a replicar. Me llevé al amigo de Damoc de allí.

—Gracias —me agradeció Nicanor, soltándose de mi mano—. Creí que me iba a morir allí. ¿Tus amigas están chaladas o qué?

—No, simplemente les gustas —me encogí de hombros—. Aquí te traigo a vuestro amigo —le anuncié a Damoc, que estaba sentado junto a algunos hydros—. Me debéis una bien grande, ahora se van a enfadar conmigo.

—Lo siento, lo siento —dijo Damoc, alzando las manos—. Ya te la pagaré de alguna manera.

—No me voy a olvidar —le previne, y después me marché de allí para reunirme con mis amigas… que seguro estaban enfurecidas.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Friné, cuando llegué hasta el grupo y me senté en el centro, donde antes había estado Nicanor.

—No os paséis, lo estabais matando —protesté.

—Qué va —dijo Vale.

—Oh, venga, no podéis ir por el mundo encarcelando al primer chico que os guste —declaré—. Además, si él quiere estar con una, no podéis ir todas en el lote. Decidíos.

—Era Friné la que quería estar con él —dijo Nevolly.

—Pues entonces, dejad que Friné se acerque a él —repuse—. Pero no matéis a Nicanor, anda. Ya nos basta con las hienas, ¿no creéis?

—Sí —murmuraron mis amigas.

—Bien, ahora —me senté más cómodamente—. Le he pedido permiso a mi madre para ir a la Ciudad de Oro después de la Noche Cristalina.

—¿Y qué te ha dicho? —preguntaron Vale y Nevolly, atentas.

—No me lo ha dejado muy claro —mentí—. Así que yo voy.

—Como ya dije antes, yo también —declaró Friné.

—A mí me dejan, he preguntado y me han dicho que sí —dijo Abby.

—A mí seguramente me dejarán —dijo Nevolly.

—¿Y a ti, Vale?

—Sí, yo también voy.

—A ver —dije yo, intentando organizar algo—. ¿Vamos juntas o nos encontramos allí?

—Nevolly, Abby y yo vamos a ir juntas —dijo Vale—. Friné y tú podéis ir por vuestro lado y luego nos encontramos allí.

—Me parece bien.

—Por cierto —dijo Nevolly—. ¿Vais a llevar…?

—¿Qué?

—¿…pareja?

Su pregunta me desconcertó durante unos segundos.

—Yo no —contesté al fin—. ¿Con quién iba a ir?

—Con Damoc, eso seguro —contestó Vale—. He visto cómo le miras. Te gusta ese chico, no me digas que no.

—Vale, no te digo que no —me sonrojé—. Pero no voy a ir a la Noche Cristalina con él. Eso sería…

—¿Maravilloso? —me interrumpió Abby—. ¿Fascinante, impresionante? ¿Un sueño hecho realidad?

—Para ya, Abby. Por supuesto que me gustaría ir con él, pero… él no va a querer ir conmigo. Lo sé. Lo presiento...

—… llámalo “x” —terminó Vale la frase, riendo.

—Nunca lo sabrás si no lo intentas —dijo Friné.

—No. Voy. A. Pedírselo —sentencié, pronunciando con claridad cada una de las palabras.

—Claro que sí —dijo Vale con una sonrisa pícara.

domingo, 2 de enero de 2011

Cap 1 - Amenaza (2/3)


—¿Cand? —oí una voz detrás de mí.

Me volví hacia la orilla, y vi a Damoc, uno de los hydros, que venía hacia mí. Era alto y musculoso, con el cabello azul recogido en una coleta. Tenía las facciones afiladas y la mirada fría, pero la verdad es que como persona era un encanto.

—Hola, Damoc.

—¿Quieres venir? He quedado con los chicos.

—Bien, voy.

Ante las risitas de mis amigas, me levanté de la roca para reunirme con Damoc.

—Reíros lo que queráis. Me voy. Nos veremos mañana en la Noche Cristalina.

—Adiós, Candy —me dijo Friné entre risas.

Con una mirada de odio demasiado fingida, me alejé de ellas. Anduve hasta Damoc, y cuando llegué junto a él cambié de expresión.

—¿Qué tal?

—Muy bien, ¿tú?

—Genial. Aunque un poco cansado, un delfín ha aparecido en el lago, y claro, los chicos y yo hemos tenido que devolverlo al mar.

—¿Y cómo ha aparecido allí? —pregunté, extrañada, mientras echábamos a andar.

—No lo sé, mi delfino no es muy bueno. Sigo sin comprender las palabras más importantes.

—Vaya.

—Sí, le tengo que pedir a Urso que me enseñe el idioma completo. De momento sólo puedo hablar con algunos peces.

—Ya me enseñarás…

—Te aseguro que no es tan divertido como parece —me miró mientras nos adentrábamos en el bosque y sorteábamos los árboles—. Creo que tienes cosas mejores que hacer que conversar con un pez.

—No sé qué decirte. Eh… ¿vamos al Lago Profundo? —pregunté, dudosa.

—Sí. Los chicos están allí.

Seguimos andando, sorteando árboles. No habíamos llegado todavía a mi sauce, estaba un poco más adelante. Damoc, que siempre andaba con elegancia, en ese momento avanzaba entre la maleza con paso torpe, y más de una vez estuvo a punto de caerse. Yo me movía con naturalidad en el bosque, entre los árboles. Mi elemento eran los árboles, la tierra y las plantas, pero el de Damoc era el agua, en especial la dulce, así que tenía todo el derecho del mundo a no avanzar sin dificultad. Además, no se podía decir que yo nadara muy bien, al contrario que él…

Pasé rozando con los dedos mi árbol, mirándolo de reojo.

—El viejo sauce… —musitó Damoc.

Seguimos avanzando durante un rato, pero ni por asomo cruzamos al bosque. Era demasiado grande como para hacerlo en tan poco tiempo. Torcimos a la derecha, y anduvimos un rato por un sendero lleno de flores y plantas. El aroma de diversas flores silvestres casi me saturó las fosas nasales, y los cantos de una alseides llegaron hasta mis oídos, complaciéndolos satisfactoriamente. Al fin, llegamos al lago Profundo.

Era enorme, y estaba rodeado de verde hierba y flores de colores inimaginables. Había árboles frutales de los que colgaban esferas violetas de sabor dulce, alimentos carnosos de color azul cielo, incluso unas pequeñas bolitas doradas que brillaban con intensidad y sabían a la miel más dulce. Entre los árboles revoloteaban hadas rosáceas, de una tonalidad muy chillona, que les daban pequeños mordiscos a los frutos, y tiraban por ahí las hojas de los árboles.

En la orilla del lago descansaban cinco o seis hydros, con el torso desnudo y los cabellos sueltos. Conversaban entre risas o comían frutos azules, y otros nadaban en el lago con brazadas grandes y rápidas. Damoc y yo nos acercamos a ellos, y yo me senté en el césped mientras saludaba.

—Hola, chicos.

—Hola, Cand —me respondieron.

Damoc se retiró la tela que le tapaba el torso, y la dejó en la hierba, junto a uno de los hydros, Dravis. Damoc se tiró al agua de cabeza, y comenzó a cruzarlo, seguido por un banco de peces y alguna que otra hada, que le rondaban desde el aire. Dravis se volvió hacia mí y me interrumpió cuando yo seguía mirando la trayectoria de los brazos de Damoc en el agua.

—¿Cómo estás? —me preguntó. Antes de que le respondiera, un hada se le posó en lo alto de la cabeza, y al no pesar más que una pluma, él no se dio cuenta. Aquél aspecto tan peculiar convirtió mi sonrisa en una carcajada.

—¿Qué pasa? —preguntó, confundido.

—Tienes un hada en el pelo —me reí. Él se la quitó de la cabeza, y el hada fue a mordisquear algún fruto, ofendida—. Muy bien, gracias. ¿Y tú?

—Bastante bien, pero… he oído que rondan hienas por el bosque —dijo—. ¿No os han atacado a las dríades?

—No, a nosotras no, aunque una se me acercó bastante —afirmé—. ¿A vosotros no se os han amenazado?

—No, ni siquiera he visto una en mi vida, y dudo que los demás lo hayan hecho.

—Pues a los pyros sí. Han matado a uno.

—Los pyros no son débiles —frunció el ceño Dravis—. Tuvieron que ser una gran manada de hienas las que le atacaron.

—Seguramente. Estoy preocupada, no sé qué quieren.

—Nadie lo sabe. Pero habrá que andar con cuidado, podrían atacar a más personas.

Aparté la vista del rostro de Dravis y seguí observando a Damoc, tal y donde lo había dejado. Dravis dejó de observarme con una sonrisa, él ya sospechaba a quién estaba mirando.

—Vais a ir a la Noche Cristalina, ¿no? —pregunté en voz alta, a nadie en particular.

—¡Sí! —contestaron a coro.

—¿Cuándo es? —preguntó un desinformado hydro.

—Mañana, al ponerse el sol —respondió otro.

—Pero, ¿no es esta noche? —inquirió un despistado.

—Pues yo creo que es dentro de tres días, y a medianoche.

—Que no —siguió discutiendo un cuarto hydro— es a medianoche, sí, pero mañana.

—Que no.

—Que sí.

—Que no.

—Que sí.

—¡Cand! —protestó Damoc, para que los hiciera callar.

—Eh, dejad de discutir ya —les reñí—. Es mañana, al ponerse el sol.

Tres de los hydros soltaron un suspiro, y un cuarto sonrió con suficiencia, a lo que Dravis respondió pegándole una colleja. Todos (excepto la víctima) reímos, y después yo me levanté, dispuesta a darme un baño. El agua estaba fresca, muy agradable dada la alta temperatura que había.

—Te echo una carrera —me dijo Damoc, colocándose junto a mí.

—No sé por qué tienes la necesidad de hacerme eso, si sabes que siempre me ganas —contesté, suspirando—. Pero vale. A la de una, a la de dos… a la de tres.

Comencé a nadar lo más rápido que pude, sin pararme a observar cuánto me llevaba ya Damoc. Tras unos minutos llegué a la otra orilla del lago, y me detuve para poder respirar con normalidad. Miré a mi derecha, pero Damoc no estaba allí. Y a mi izquierda, tampoco. Finalmente, miré detrás de mí, y observé cómo mi amigo venía hacia mí nadando, mucho más lento de yo. Hice una mueca y la mantuve en el rostro hasta que vino Damoc.

—Has ganado —anunció—. ¿Qué? —preguntó, al ver mi expresión.

—Me has dejado ganar, tramposo —le acusé señalándole con el dedo índice—. Tú puedes nadar mucho más rápido que yo.

—Vale, está bien… echamos otra carrera. Venga, a la de una, a la de dos… ¡tres!

Salí disparada tan rápido como antes, pero sabía que Damoc ya estaba varios metros por delante de mí. Observé cómo él llegaba a la orilla, en absoluto cansado, y segundos después llegué yo, completamente exhausta.

—¿Ves? —dije entrecortadamente—. Eres demasiado rápido para mí.

—Oye, que si quieres te dejo ganar de nuevo —se encogió de hombros.

—No —contesté tras pensarlo unos segundos—. Es más humillante que la derrota.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cap 1 - Amenaza (1/3)


Me fundí con mi árbol, tranquila y relajada. En ese momento noté que su energía y protección me envolvían, y al estar cubierta de dura corteza, me sentí en casa. Moví las ramas más pequeñas, sacudiendo las hojas. Al instante otros árboles contestaron mi llamada, y yo sonreí para mis adentros. Todavía podría estar durmiendo algunas horas más… no había amanecido aún, ya habría tiempo para ir a visitar a las demás dríades. Y había prometido que me reuniría con una de las náyades en el lago, ya que no estaba muy lejos de mi sauce.


Me estiré, desde la punta de las hojas hasta la más profunda de las raíces, hasta extenderme por todo el interior del árbol. Me sentí cómoda, lo suficiente como para dormirme en aquél momento. Pero no lo hice. Me limité a sentir cómo las raíces encontraban alimento, y lo transportaban hasta el tronco… realmente me habría encantado ver todo el proceso, pero lamentablemente, las dríades no podemos ver nada mientras estamos en nuestro árbol.

Al final, me sumí en un profundo sueño, y dormí tranquila.

—Mmm… —me desperecé mientras andaba hacia el Mar Azul.

—¡Cand! ¡Candy, espera!

Me volví, aunque ya había reconocido la voz de mi amiga Friné. Venía corriendo hacia mí, con sus cabellos verdosos ondeando al viento (y no, no todas las dríades tienen el pelo verde por el simple hecho de estar ligadas con el elemento de la tierra. Yo, por ejemplo, tengo el cabello rubio). Cuando llegó hasta mí, redujo la marcha, y yo seguí andando.

—¿Adónde vas? —me preguntó.

—A ver a Nevolly y a las demás.

—Bien, te acompaño.

Avanzamos hasta llegar al Mar Azul. Allí ya había un grupito de jóvenes (la mayoría con cabellos azules); mis amigas náyades. Enseguida reconocí a Nevolly, una guapa náyade de cabellos azulados, piel blanquecina y ojos brillantes del color del cielo. Estaba en el centro del grupo, sentada encima de una roca cerca de la orilla, jugueteando con su pelo mientras conversaba animadamente con las demás. Probablemente hablaban de chicos…

—¡Cand! ¡Ven, ven con nosotras!

Las náyades son primas de las dríades, y todas nos solemos llevar bien. Eran mi segunda familia, pasaba casi todo el tiempo con ellas. Me acerqué a mis amigas

junto con Friné, que enseguida entabló conversación con una de las náyades; Abby. Abby era bajita, tenía el cabello negro, corto y brillante, y unos desconcertantes ojos verdemar tan grandes que casi se salían de lo normal.

—¿De qué hablabais? —pregunté, sentándome en una de las rocas q

ue había cerca de Nevolly.

—Estábamos diciendo —intervino Vale, una chica con el pelo negro y reflejos azules, ojos verdes y con una increíble estatura— que iremos a la fiesta de la Noche Cristalina, ¿no?

—Por supuesto —corroboró Friné—. Ya nos la perdimos una vez, no vamos a volver a hacerlo.

—¿Van a venir los pyros? —preguntó Nevolly.

—He oído que sí —contesté—. Aunque no estoy segura de que Verline ve

nga —añadí.

—¿Y por qué no? —preguntó Nevolly, entristecida.

—Últimamente están sucediendo cosas —contesté en voz baja—. Han aparecido hienas por toda la Montaña de Lava, según he oído. Ayer mataron a Perold, el compañero de Verline.

—¿Las hienas mataron a un pyro? —preguntó Vale, extrañada—. ¿Cómo es eso?

—No sé gran cosa. Mi madre tan sólo me ha dicho que un grup

o de hienas le atacaron, y él, al no estar prevenido ni acompañado, perdió la pelea y murió.

—Vaya… —se entristeció Nevolly—. Perold era el mejor amigo de Verline. Pobre Verline.

—Por eso no creo que venga. Aunque tal vez sí lo haga, no sé si su Consejo se atrevería a dejarle solo en la Montaña de Lava. Creo que todo el mundo irá a la Noche Cristalina —declaré.

—Seguramente, aunque siempre hay alguien ahí, por si pasa algo.

—¿Qué más sabes de los ataques de las hienas? —preguntó Nevolly.

—De los ataques, nada. De las hienas… —comencé, pero un chapoteo detrás de mí me alertó de que algo se acercaba. Me volví hacia el mar, y vi cómo un grupo de nereidas, probablemente seis o siete, se acercaban nadando a gran velocidad.

Se acercaron a nosotras, tanto, que casi quedaron en la orilla, de forma que les podíamos ver perfectamente la cola plateada. Todas llevaban sus largos cabellos sueltos, los cuales les tapaban el torso desnudo. Rápidamente se acomodaron entre nuestras improvisadas sillas, y siguieron el hilo de la conversación.

Mi madre me había dicho que no se lo contara a nadie, pero las nereidas eran de fiar, sabían guardar un secreto y… bueno, al fin y al cabo, ¿quién le hace caso a su madre?

—… las hienas se están extendiendo. Se apoderan de todo. Creo que, después de matar a Perold, no se fueron, sino que permanecieron allí. Los pyros ya no tienen permitido salir de la Montaña de Lava solos. Tienen que hacerlo por grupos o acompañados de un adulto. Además, no es solo la montaña —acerqué la cara a mis amigas, para poder hablar más bajo, y al instante estuve rodeada de sus rostros—. También han invadido el bosque. Cada vez aparecen más. Esta mañana me he cruzado con una.

—¿Con una hiena? —se escandalizó Vale—. ¿Y te ha hecho algo? ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Tan sólo me observó un segundo, pero no le di tiempo a nada más. Me introduje en uno de los árboles y viajé hasta el mío.

—¿Cómo son? —preguntó Nevolly—. Nunca he visto una de cerca.

—Ni yo —dijo Friné.

—Ni yo —corroboró Abby.

—Ni nosotras —respondieron las nereidas.

—Yo tampoco —declaró Vale.

No me sentía muy cómoda cuando todas me observaban y me prestaban la máxima atención. No es que me diera vergüenza, simplemente prefería no ser el centro de entretenimiento. Para eso ya estaba Nevolly.

—Era grande, pude comprobarlo cuando se quedó observándome. Creo que llegaba a la altura de mi cintura, o tal vez más. De color arena, con pequeñas manchas negras. Y unos dientes… esas bestias pueden matarte de un mordisco. Tienen una pequeña cresta de pelo a lo largo de la espalda, y orejas redondeadas.

Mis amigas no pronunciaron palabra.

—Y se hizo el silencio… —musitó Friné. Yo me eché a reír.

—Venga, chicas, no pasa nada —les dije, sonriendo—. Escuchad, no se van a acercar aquí. Y si lo hacen, estamos juntas, ¿no?

—Es verdad —corroboró Nevolly, un poco más animada—. Disfrutaremos de la Noche Cristalina.

—Qué raro —dijo Vale—. ¿No te entristeces porque no venga Verline?

—Qué quieres que te diga, preferiría que viniera, pero…

—Ah, anímate, seguro que viene…

—A mí me gustaría acudir —intervino Genna, una de las sirenas—. Pero como no se celebra en el agua…

—No digas tonterías —la recriminó Iona, la “jefa” de su grupo—. Estamos mucho mejor aquí, en el mar, jugando con los delfines. Además, este tema no nos conviene. ¿A quién le importan las estúpidas hienas?

—¿Tampoco te importamos nosotras? —le preguntó Abby con desdén—. Porque, si las hienas nos invaden, podrían hacernos daño.

Las nereidas se dieron la vuelta con el ceño fruncido y se marcharon nadando, hasta que las perdimos de vista. Unos cincuenta metros más allá, un delfín saltó del agua haciendo una pirueta.

—¿Creéis que se dan cuenta de la magnitud del problema? —pregunté.

—Si es así, desde luego no lo parece —replicó Friné.

—Por cierto, ¿sabéis que las alseides van a venir? —preguntó Vale.

—¿Ah, sí? —pregunté, emocionada—. Hace mucho que no veo a Lara y a Cira.

—¿Y qué opinan vuestros padres de ir a la Ciudad de Oro después de la Noche Cristalina? —preguntó Nevolly con una sonrisa pícara.

—Pues no creo que me dejen —dije, entristecida.

—¿Y eso? —preguntó Vale, decepcionada.

—Ah, por nada —dije con ironía—. Sólo porque hay una manada de hienas sueltas por ahí, amenazando matarnos, y tenemos quince años.

—Bueno, algún día hay que empezar… —dijo Abby.

—Tonta, quería decirlo al revés. No que somos demasiado mayores, sino demasiado…

—¿Ibas a decir pequeñas? No te atrevas, Cand —dijo Friné.

—No, pequeñas no… jóvenes.

—Pues lo mismo —replicó Vale—. Entonces, ¿no vais a ir? Ahí tal vez vaya Verline… —le provocó a Nevolly.

—Sí, yo voy —aseguró ésta.

—A mí igual me dejan, no lo sé, tendré que preguntar —dije yo.

—Pues yo no pienso preguntar. Si lo hago, no me lo permitirán. Pero si no se enteran…—dijo Friné.

—¿Vas a ir sin permiso?

—Sí. Como habrá mucha gente, mi madre no se molestará en buscarme… de forma que podré irme a donde quiera. Y después de la fiesta, supondrá que me he ido a mi olmo, así que…

—Desde luego... Eso mis padres no se lo tragan ni… vamos… —dije yo.

—Bueno, pues los míos sí —dijo Friné—. Y si no se lo creen, pues… mala suerte para ellos. Pienso ir a la Ciudad de Oro de todas formas.

—Oh, Friné se pone rebelde —se rió Vale.

—Sí, hombre, que ya estoy harta… Además, mejor pedir perdón que permiso, ¿no?

—¿Cand? —oí una voz detrás de mí...

Prefacio


Las nubes se mueven. Son blancas y esponjosas, parecen suaves como el algodón, y dan ganas de tocarlas. Pegan bien con el cielo azul, y con el sol dorado y brillante. La gran estrella me ilumina, mientras yo sigo mirando el cielo. Ya había observado el bosque lo suficiente… ¿Cuánto llevo aquí? Ni idea. Nunca en mi vida he contado el tiempo que duermo en mi sauce. Ni el tiempo que paso jugando con mis amigas las náyades. Ni cuando…

Espera, sería mejor que empezara por el principio.

Me llamo Cand. Y soy una dríade, una de mis características que tendrás que aceptar y asumir por la fuerza. ¿Sabes lo que es una dríade? No, no te voy a hacer preguntar por ahí. Te lo digo yo misma. Una dríade es una ninfa, una mujer (o chica, depende de le edad) que está ligada al bosque y a las plantas, especialmente a uno de los árboles. Cada dríade tiene su árbol, y puede llegar hasta él si se introduce en el árbol de otra dríade. Y si lo vas a preguntar… no, no duele, ni es complicado. Hasta yo podría hacerlo. De hecho, lo hago…

Realmente las dríades podemos llegar a ser aburridas, ya que no hacemos ninguna cosa excepcional. Tan sólo nos reunimos en grupos, charlamos, reímos, nos contamos cosas, nos bañamos en un lago cercano a nuestro bosque junto con las náyades… y si tenemos algún mar u océano próximo, tampoco nos llevamos mal con las nereidas.

Y no te confundas, en un bosque, si un árbol está ligado a una dríade, es casi seguro que los demás árboles también, pero un Treant no tiene ni por asomo una dríade a la que ligarse. Los Treant son demasiado malvados para eso.

¿Qué tal si te cuento una pequeña historia? Te prometo que no es muy larga… Bueno, tal vez un poco.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Inauguración


Hola a todos, y bienvenidos a mi pequeño rincón.
Os recibo con hospitalidad. A partir de ahora esta será vuestra segunda casa. Podéis venir aquí cuando queráis, siempre que respetéis las normas. Saciad con esta historia vuestra insaciable sed de lectura, calmad con estas palabras vuestra infinita hambre de letras.
Todos conviviremos en una pequeña familia en la que yo seré la cuentacuentos.
Así que, ya sabéis...
Acudid a mí cada noche, y podréis mirar las es
trellas que se asoman entre los árboles mientras os susurro una historia.

¿O acaso seréis capaces de resistiros a la más dulce tentación...?









K.P.